Conocerme más para sentirme mejor, por Lic.  Graciela Eyheremendy

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Multiplicando a Tato Pavlovsky[1]

El Programa de talleres del Hospital Tornú brinda talleres libres y gratuitos a toda persona mayor de edad que desee asistir. Libres porque están abiertos para cualquier persona que, aunque haya sido diagnosticada con alguna categoría psiquiátrica, sea capaz de sostener un clima de confianza y respeto que le posibilite trabajar con los demás participantes. Libres, también, porque el trabajo grupal produce grados de libertad en aquellas personas que se sienten cautivas cuando de algo padecen, cuando algo obstaculiza su posibilidad de desear, cuando algo impide el despliegue de sus potencias, y lo sienten, y deciden trabajar en ello.

Entonces aparece la posibilidad de optar por alguno de los talleres del Programa. Por temas, por horarios, por recomendaciones, por azares pueden ir a cuantos y cuales quieran.

Hace 8 años que formo parte de la dirección del Programa, desde que su directora, Clor Graciela Díaz Lima me convocó, junto a otras tres profesionales, a constituir su Comisión Directiva[2].

Además, coordino uno de los talleres desde los inicios del Programa, hace 11 años. Este taller fue mutando y desde hace 8 años se llama Conocerme más para sentirme mejor, en la convicción y deseo de que iniciar un proceso de autoconocimiento nos permite vivir una vida más plena, sin tanto siniestro que nos posea, como diría Tato Pavlovsky. El autor tomaba de Pichon Riviere la definición de lo siniestro como aquello que nos posee sin darnos cuenta. Lo patético, en cambio, es cuando hemos hecho un trabajo psicológico hasta hacerlo consciente. Según estos autores, no solo es posible transformar lo siniestro en lo patético mediante la conciencia, sino también que lo patético de lugar a lo maravilloso, esto es, crear una obra de arte.

Y mientras tanto, en este proceso, algo va cambiando. Es que somos infinitos, como dice Suely Rolnik, entonces somos capaces de crear si nos animamos a explorar nuevos territorios, si nos animamos a jugar con otros, si podemos aventurarnos a salirnos del yo no se, o yo no puedo, o soy un desastre para estas cosas. Y estas transformaciones son posibles de hacer en el trabajo grupal. Porque el grupo siempre divierte, como diría Tato., pues da diferentes versiones a lo que se creía de una sola manera, lo que se creía que era lo peor que podía ocurrir, lo que se creía que solo a mí me pasan estas cosas, porque seguro que hay algo malo en mí.

El taller lo coordino con Inés Perelli, con quien también armamos un juego creativo especial, que voy a llamar juego profesional, porque nos divertimos plenamente cuando inventamos consignas y dinámicas para cada taller, en función de lo que pasó en el encuentro anterior, en función de lo que visibilizamos y consideramos que estaría bueno trabajar, en función de lo que en ese momento nos atraviesa a nosotras mismas, implicadas como estamos en el trabajo grupal.

Algo de lo que nos proponemos cada año, es salir de la alienación que supone no mantener el contacto con nuestros propios sentimientos. Adictos al control y la seguridad, en esta cultura acostumbramos a someter lo que sentimos al permiso de la razón, que a veces no da permiso por demasiado tiempo. Entonces nos alienamos de nosotros mismos, perdemos el rumbo y el sabor de nuestra vida. Tratando de controlar los sentimientos terminamos violentándonos, sofocándonos, desconociéndonos a nosotros mismos. Sin sentir y sin saber lo que sentimos, vamos por el mundo sin brújula, sin rumbo, sin saber lo que nos hace mal, o lo que nos hace bien, sin apropiarnos de nuestras potencias. Entonces, dar lugar a los sentimientos y emociones, conocerlas, nombrarlas, producir sentipensares, como diría el escritor Eduardo Galeano, suele ser uno de los objetivos del taller. Como dijo una de las participantes, es que ustedes nos enseñan a sentir.

Así que este año, para facilitar este trabajo, pensé que estaría bueno, además de poder nombrar el sentimiento y reconocerlo en el cuerpo, buscar una manera de contenerlo y de transformarlo, cuando las intensidades son muy altas y los padeceres muy intensos.

Y propuse para un taller, traer revistas, voligoma, lanas, papel, tijeras, etc. como para hacer un afiche, una producción gráfica que al comienzo sería individual, luego de que cada uno se haya conectado con algún sentimiento, por medio de técnicas de relajación y focusing, que permite localizarlos en el propio cuerpo.

Y aparecieron afiches sorprendentes, maravillosos,  tanto para los participantes como para las coordinadoras. Se veían plasmadas con belleza, creatividad, sensibilidad y simbolismos recuerdos, anhelos, dolores, esperanzas, historias, vidas. En algunos, el taller transformó malestares corporales con los que habían llegado, en alivios y darse cuenta de algo de lo que les estaba afectando. Otros crearon con sus miedos, sus tristezas, sus pérdidas, afiches en clave de aguas azules y cristalinas, tacones y maquillajes, frases, animales, colores, formas, papeles rotos que decían de otro modo, eso que estaba dejando de repetirse en el eco de su aislamiento, y comenzaba a esbozar esperanzas y borradores de proyectos que permitían a algo del deseo volver a moverse,  vacilante, entre los vínculos que se tejían con los otros en el taller. El lenguaje visual permite otros textos, produce otros efectos que sorprenden y llevan a territorios donde algo nuevo tiene lugar y conmueve y produce cambios. El trabajo grupal transformando padecimientos en producciones artísticas.

Los afiches estaban tan vivos y tan bellos que, como coordinadora, no quería silenciarlos, luego de que cada uno hablara sobre el que había realizado y los otros resonaran con ello. Y ahí recordé a Tato. Recordé cuando en el grupo le robaban la escena sobre su drama para hacer otras escenas diferentes[3]. Y propuse al siguiente taller, llevar los afiches realizados, dejarlos sobre la mesa y que cada uno eligiera el que quisiera, evitando recordar lo que su “dueño” había dicho sobre él, “robarle el afiche”, dejarse afectar, y resonar en el grupo.

Y nuevamente el grupo nos volvió a sorprender (siempre me sorprenden los grupos, una lleva dinámicas teniendo en mente algún objetivo, y la producción grupal siempre lo supera). En el compartir aparecieron lecturas del afiche que afectaban de otra manera, visibilizando cuestiones que su autor ni había sospechado y hablaban sobre él, quizás demasiado. En otras se modificaban completamente los sentidos, trayendo alivios, nuevas miradas, refrescos. Otros dejaron preguntas. Algunos dijeron que estaban por sacarse sus máscaras de control, porque ya no sentían necesitarlas. Procesos de afectar y dejarse afectar en el trabajo grupal, cuando el grupo contiene, enriquece y transforma. Grados de libertad, en el movimiento de los deseos. No solo dejar de sufrir, sino vivir una vida donde sentirse mejor sea posible, abierto a lo que eso signifique para cada uno.

Como siento que ya es hora de ir finalizando este escrito, lo voy a  terminar como se terminan muchas veces los trabajos grupales, agradeciendo y nombrando lo que uno siente que se lleva. Entonces, dos agradecimientos:

A Tato, como uno de los maestros que me permiten estar en la experiencia grupal desde otros juegos y conceptualizaciones.

Y  a Carl Rogers, como uno de los maestros que me permiten saborear mi experiencia como psicóloga desde otros estares. Lo recuerdo en una frase, en alusión al clima psicológico que propone  para el trabajo terapéutico:

“Las personas son tan hermosas como las puestas de sol, si se les brindan las condiciones para que lo sean.

En realidad, puede que la razón por la que apreciamos verdaderamente una puesta de sol, es porque no podemos controlarlas”

Muchas gracias


[1] Este escrito es una adaptación de otro escrito presentado en la Facultad de Psicología, UBA, en oportunidad del homenaje realizado a Tato Pavlovsky por la Cátedra T y T de Grupos I, el 16-11-2015.

[2] La Comisión Directiva del Programa está formado por  Clor. Graciela Díaz Lima, directora general, y Lic. Gaciela Eyheremendy, Clor. Inés Perelli y Psic. Social Graciela Mazzolla

[3] En la Multiplicación dramática, a partir de una escena inicial inventada por uno de los participantes, los demás elaboran diferentes escenas, produciendo efectos terapéuticos en los integrantes del grupo.